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Leyenda de Poncitlán, Jalisco.


EL ORGANILLERO

Ésta historia es una de las tantas que envuelven al poblado de Poncitlán, sucedió  en el siglo pasado, cuando dicho pueblo aún era pequeño, sus noches transcurrían tranquilas, a penas iluminadas por la lucha y muy silencias; su plaza estaba adornada con naranjos, había algunas bancas de burda manufactura y un kiosco destartalado. En el centro vivían las familias más adineradas y en los alrededores del pobradito vivían las familias de origen más modesto.

Poncitlán estaba dividido en dos sectores, del templo al oriente estaba el Barrio del Santa María (aún existente hasta nuestras fechas) y al poniente estaba el barrio de San Francisco; la orilla del sur no llegaba más allá de la actual calle Reforma misma que antes llegaba al camino real y actualmente llega al Panteón. No existía ningún barrio más.

En aquel entonces, la función del “sereno” la hacían los mismos pobladores, dos de cada barrio que eran relevados cada mes, esos pobladores se encargaban de hacer rondines por el pueblo cada noche para revisar que todo estuviera en orden y su grito más conocido era, por ejemplo: “las 12 y todo sereno”, así la gente podía estar tranquila o si había algún inconveniente no pasaba desapercibido. 

Durante los últimos días del mes de Julio el viento soplaba haciendo un silbidito escalofriante al pasar entre los árboles, la luna iluminaba al pueblo, eran las 11 de la noche y los voluntarios del barrio de San Francisco hacían su rondín de costumbre; todo parecía estar tranquilo hasta que un misterioso sonido proveniente de un cilindro distrajo a los serenos, uno de ellos de nombre José le dice al otro:

-Creo que ese sonido es pa' la bocacalle que da al camino “rial” (esquina formada actualmente por las calles Reforma y Degollado)

-Vamos a ver quien toca semejante cosa a éstas horas de la noche – responde su compañero Pascual.

Ambos hombres caminan hacía el lugar antes mencionado casi en total oscuridad y silencio. Después de unos minutos se vuelve a escuchar el sonido lastimoso del “cilindro”, pero ahora el sonido se escuchaba más lejos

-¿Oyo “usté” Pascual? “ora” es pa'l lado de Santa María... ¡vamos!

Caminaron ahora hacía el oriente y al pasar por el centro del pueblo volvieron a escuchar el sonido del cilindro, ambos se miran extrañados

-Vengase, ahora es pa'l lado de la estación (ahora antigua estación de Ferrocarril) – dice Pascual

Cuando llegaron a la estación escuchaban más cerca la estación de dicho cilindro y de pronto dice José 

-Mire, allá está

Se dirigieron a la asctual esquina formada por las calles 16 de septiembre y Cuauhtémoc, se acercaron con cautela...  sorprendidos vieron a un hombre muy alto y delgado, todo vestido de negro, con una capa muy larga y sombrero de ala ancha que daba vueltas a una manivela sin  levantar la cabeza ni siquiera al sentir la presencia de los curiosos serenos. 

José y Pascual escuchában la extraña música mientras obserbavan a un mono de larga cola, ataviado con un chaleco rojo de terciopelo que bailaba con la música y acompañaba al misterioso caballero. La música los atrapaba cada vez más haciéndolos sentir una atmósfera pesada pero embelesante. Sin saber cuánto tiempo ha pasado al despertar de su letargo, Pascual le dice a José:

-Compañero vamos, no sabemos ni qué hora es

El organillero suelta inmediatamente la manivela, por primera vez levanta la cabeza y con una voz bastante ronca les responde:

-Es la una menos cuarto, ahora que pasé por Tizapán eran las doce – definitivamente no era posible que en tan poco tiempo hubiera recorrido la gran distancia que separa a un pueblo de otro -

Al tiempo que habló, el hombre también dejó a los hombres ver su rostro a la luz de la luna... era una cara entre humana y de caballo, con unos ojos de rojo vivo como brasas y un hocico muy grande con los dientes como de caballo relinchando.

Los serenos quedaron tan aterrados con tal visión que solo atinaron a decir “Ave María Purísima” mietras hacían la señal de la cruz y el organillero se elevaba en forma de remolino desapareciendo entre los aullidos de los perros dejando solo un fétido aroma azufrado. 

-¡Santo Dios, esto es cosa del demonio!

A partir de ese momento, era mucho el temor que invadía a los serenos que daban su recorrido por las noches, especialmente al pasar por el lugar donde todo sucedió, así que siempre que estaban por esos rumbos se santiguaban y oraban para evitar otro encuentro con el maligno. 

Fuente: Tal leyenda está tomada del libro “Historias y Leyendas de Poncitlán” antología de Luis Antonio Franco

 

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